martes, 3 de mayo de 2011

Análisis Procesión y Ceremonia del Santo Entierro

Viernes Santo y 6 de septiembre: dos fechas marcadas con rojo en el calendario de cualquier silense. El Santo Entierro, fúnebre; la Elevación de la Virgen de la Luz, exultante de alegría. Ambas, igual de solemnes.
Eran las 10 de la noche de otro Viernes Santo más, pero siempre diferente al anterior y al próximo. San Juan y la Magdalena salían a la calle para comenzar el Santo Entierro, acto único donde los haya. El Cristo Yacente, portado por los hermanos del Santísimo, avanzaba lentamente por la nave de la Iglesia de la Luz y, tras él, la Dolorosa. Sin duda alguna se trata de la procesión más concurrida de toda nuestra Semana Santa: tres hermandades, cuatro pasos y todo un pueblo fiel a la devoción y a la tradición. Y es que contemplando un breve instante el cortejo procesional se siente como si el tiempo se detuviese solo en nuestro pueblo, y queremos que la procesión no acabe nunca. Pero la realidad es otra, y en torno a las 23:15 h. entraba la urna con Cristo muerto en el templo. Comenzaba el momento culmen de la Semana Santa "pasional" en Los Silos. Al fondo aparecía San Juan, quien poco a poco recorría toda la nave de la Parroquia, este año sin el redoble de la caja de la A.M. "Nueva Unión", hasta hacer su reverencia ante la imagen del Señor difunto. El silencio inundaba la Iglesia. Era el turno ahora para María Magdalena. Al llegar al Altar, el párroco extraía incienso del tarro que portaba en la mano y le quitaba el paño inmaculado de su brazo, con el que posteriormente se cubriría el rostro del Señor. Se incensaba al Cristo Yacente y, por fin, hacía acto de presencia en la Parroquia la Virgen de los Dolores. Sonaba el "Adiós a la Vida" de Tosca y la imagen de María, hacía las tres tradicionales reverencias ante el Señor a la ida, y luego a la vuelta, hasta situarse por fuera de la capilla de San Pedro para aguardar a la Procesión de la Soledad. Era el momento entonces de las medallas, colgantes y rosarios, que se pasaban por la cara y los pies de la imagen de Cristo para ser bendecidos. Se cubría la sagrada imagen, se tapaba la urna y concluía, de esta manera, el acto que caracteriza por excelencia a nuestra Semana Santa. Concluía el Santo Entierro. Era el momento ahora de acompañar a María en su soledad hasta el Calvario.

El detalle: el párroco y el Maestro de Ceremonias de la Hermandad del Santísimo Sacramento se olvidaron de mostrar el cuerpo del Cristo Yacente al pueblo tras la reverencia de la Virgen y lo hicieron después de la bendición de medallas.

El destacado: un año más, perpetuando la tradición. El Santo Entierro, una ceremonia inefable.

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